De la Píldora y Otros Demonios

No creo mucho en el debate público, ese ejercido en las editoriales de diarios, noticiarios matinales y de trasnoche, papers académicos de limitada circulación y aún más limitada lectura, etc., como impulsor de reformas sociales; mucho menos fe tengo en la deliberación pública, casi tanta como en la capacidad de este blog de ofrecer una lectura amena, o al menos asegurar que quien este leyendo llegue al final de este texto. Pero si hay algo en lo que confío ciegamente es en mi narcisa capacidad o, seamos honestos, narcisa necesidad de escupir mi opinión, en especial cuando no me la han preguntado. Me disculparán, pero es una fuerza con más poder destructivo que cualquier tsunami, dictador tercermundista o calentura de sábado por la noche que he conocido.

Pero bueno.

El tribunal constitucional (TC) ha emitido un fallo que prohibe la distribución de levonorgestrel en centros de salud pública, lo que ha motivado la manifestación de distintos grupos sociales. No me interesa hacer un repaso de las orgullosas rimbombancias hipócritas de representantes parlamentaristas de apellidos vinosos, ni tampoco de los desafinados aullidos de nuestros representantes progresistas. A ninguno de nuestros delegados institucionales, a favor y en contra del fallo, les interesa ‘debatir’ ni entablar un intercambio de ideas para llegar a un acuerdo, sino solamente soltar su opinión, que por lo general tiene la misma anatomía que un gargajo: amorfo, sin ninguna validez ni estructura lógica, y dueño de la extraña capacidad ser terriblemente pegajoso, tanto así que diría que sólo hemos presenciado dos opiniones, a pesar de la enorme cantidad de horas-noticiario registradas en nuestras mentes: la defensa del derecho a la vida versus la defensa de la libertad/autonomía/libre elección. Saltándome varios párrafos de tedioso e inútil repaso, quiero decir que la discusión, como debate, vale callampa.

I. Mi lado liberal.

Según parten muchas argumentaciones de filosofía política, una comunidad de personas organizada políticamente encierra en su seno diversas concepciones de la vida buena, de lo deseable, de lo moralmente correcto, muchas de las cuales colisionan de frente. De ahí que, argumentarán los liberales, no debiese existir intervención del estado en favor de ninguna concepción de vida buena porque podría ir en desmedro de otra, es decir, el estado estaría restringiendo la libertad de miembros de su comunidad: el pecado original del decálogo liberal. Bajo esa perspectiva, el estado no debiese promover el uso de píldora, porque sería promover una definición de la vida buena que se opone a otra.

No vayan a pensar que ese es mi argumento. Las cosas se ponen interesantes cuando nos preguntamos si la preciada no-intervención del estado no es también la promoción (por omisión) de una concepción de la vida buena. Al no intervenir el estado, se legitima (no en un sentido legal, sino weberiano) el status quo, que bien podría no considerar la vida buena de una gran cantidad de nuestras ciudadanas. ¿Estaremos privilegiando la no-intervención estatal por sobre la promoción de libertades a nuestros ciudadanos? ¿Nos habremos perdido en el medio y olvidado el fin mismo?

Mi lado liberal no puede pasar de este argumento. Hay otro lado de mí, más oscuro y desconsiderado, más impaciente y menos caballero, que se harta de los discursillos conciliadores y cualquier cosa que huela a las dos ‘D’ (debate y deliberación). Antes de darle la palabra a ese cuasi-termocéfalo, conviene aclarar hacia dónde voy. Creo que ante la afirmación: ‘La píldora va en contra del derecho de la vida del no nacido’, se pueden tomar, al menos, dos caminos para la critica.

La primera es dudar si el no-nato es efectivamente portador u objeto del derecho a la vida, para lo cual recomiendo la asertiva columna de Carlos Peña publicada en El Mercurio el Domingo 6 de abril. Véanla aquí.

El otro camino es más sinuoso, más tabú, como lo es todo desenmascaramiento. Dejaré ahora con ustedes a…

II. Mi lado anarco.

Ya vimos que el conciliador y amarillo de mi lado liberal cree que la no intervención estatal legitima el status quo, pero creo queda corto y no encuentra la verdadera raíz. Afortunadamente, no sólo habita en el autor de este texto un socio liberal racional que cree que con la razón podemos llegar a entendimientos entre dos o más partes partes. También habita un foribundo anarquista que tiende a desconfiar de cualquier manifestación absoluta de la lengua castellana que implique ‘consenso’, ‘acuerdo mayoritario’ o ‘la gente cree que a, b y c’. Lo sé, es una bestia indómita que cree que la sociedad no está unida por un ‘pacto social’ ni ‘contrato entre iguales’, que cree que los problemas sociales son, al menos en parte, producto de las relaciones asimétricas de poder (político, económico, simbólico, discursivo, de género, etc.), que profesa la más saludable de las desconfianzas con cualquier tipo de naturalización u ontologización y la más devota admiración por las capacidades desenmascaradoras de Foucault, Bourdieu, Taylor y Herzen. Será este lado algo libertario quién tomará el mando desde aquí.

Estaremos de acuerdo que, frente a la idea de la posibilidad de que la píldorilla esa sea abortiva, existe un sector que reclama que atentaría contra el derecho de la vida de un ser no nato, al cual la constitución ordena proteger (aunque, y concordando con Carlos Peña, no le otorga el estatus de portador del derecho a la vida, sino que deja esa decisión en manos de cada moro, cristiano o socialista). Esta regla estaría fundada, a mi parecer, en tres pilares: el valor inherente de la vida humana, del cuya naturaleza fluirían, según ciertos entendidos, los derechos fundamentales (una herencia liberal); la noción religiosa del hálito divino (plagio a Villegas) y el correspondiente castigo por violar áquel sagrado santuario; y por último, esto fuera del terreno filosófico, esa noción humana que cree en el karma o retribución, ese que fantasea con el partir de un rayo al más mínimo traspaso de la supuesta regla moral absoluta.

Afortunadamente, gracias a Taylor sabemos que los valores no existen per sé. No han estado siempre ahí, y mucho menos son inherentes a la naturaleza humana. Son un producto cultural, una manifestación del estado del pensamiento humano sobre sí mismo y su relación con la naturaleza y los demás. Son, en definitiva, producto de una comunidad de personas. Bordieu nos diría que estos valores están suscritos al campo (estructuras objetivas de la realidad social) y habitus (resultado, simbólico sobre todo, de la internalización de aquellas estructuras) de quienes practican y comparten áquel universo simbólico, y, por extensión, no necesariamente abarca a la totalidad de miembros de una comunidad política.

La pugna entre derecho a la vida/libertad de autonomía no sería, siguiendo este pensamiento, una ‘mera diferencia de opinión’ entre quienes creen que el aborto es condenable o no (saltándome la discusión “¿es abortiva o no?”), sino una diferencia de valores de personas con una historia, campo, y habitus distintos, formas de entender la vida distinta, de privilegiar distintas cosas. No quiero caer en un relativismo valórico y señalar que ambas posturas deben respetarse, tienen el mismo grado de certeza, son igual de válidas, son opciones distintas, etc., porque como señalé enfáticamente más arriba, no creo ni en el debate ni la deliberación pública como gestor de progreso social. Sólo un ciego, un alienado o alguien que está de acuerdo con el TC podría no ver que el asunto se resuelve finalmente en una pugna (y no una conversación racional) entre quienes poseen influencias a nivel político, con cada sector (conservador o progresista) intentando universalizar sus valores.

Es así como finalmente la visión que quedará plasmada en la constitución y las leyes será aquella proveniente del sector social con mayor peso (poder) político dentro de los juegos propios del parlamento. Luego, para transmitir aquellos valores, se crearán un conjunto de dispositivos de poder (discursos, etiquetas, instituciones, sanciones, sistemas educativos, etc.) que serán los encargados de velar por la reproducción a nivel de toda la comunidad política de los valores “ELEGIDOS” (jar-jar-jar), en directo desmedro de las opciones perdedoras.

III. La implicancia de lo anterior.

La ceguera de los grupos sociales vencedores frente a la otra realidad, (sub)cultural e históricamente distinta, los llevan a emitir juicios descabellados, sólo comparables con los antiguos médicos que creían que la vagina era un pene invertido. No tengo ganas, tiempo, ni interés en revisionar esos argumentos, pero se pueden resumir en que:

«la mujer era considerada como un hombre invertido. El útero era el escroto femenino; los ovarios , testículos; la vulva, un prepucio, y la vagina, un pene […] y la vagina como “símbolo natural” de sexualidad interior, de pasividad, de lo privado contra lo público, de una etapa crítica en la ontogenia de la mujer» (De: Juan Luis Moraza. FANTASMATICA. La visibilidad de la falta, el símbolo falo.)

El texto siguiente lo extraje de las discusiones en el artículo de Carlos Peña. Es de antología, y debe ser una de las pelotudeces conservadoras más geniales que he leído.

“Las niñas culturalmente potenciadas no se embarazan simplemente porque no consienten al sexo hasta que alcanzan más edad, mientras que la verdadera razón del embarazo adolescente entre niñas pobres no es la carencia de la píldora, ni siquiera el inicio sexual temprano.

La realidad sociológica que viven esas niñas las lleva a consentir al sexo vinculado a una relación afectiva a la cual se aferran para constituir familia y evadir la promiscuidad en un medio hostil, familiarmente carenciado y que tiene en poca estima la dignidad femenina.”

No deja de parecerme sorprendente este pasaje, por que tal cómo los hombres se consideraban como la medida ontológica para todo ser humano, el autor del texto citado piensa que la clase alta es la medida ontológica para todas las clases. Él supone que las causas a los ‘problemas’ que enfrenta la clase baja son equivalentes a los supuestos factores que causarían aquellos resultados o problemas en la clase alta, es decir, que la clase baja es equivalente a una versión imperfecta, no lograda, deforme, frankenstein-esca de la clase alta. Dicha visión refuerza, obviamente, la convicción equivocada de que los valores del grupo vencedor eran los correctos (y que por eso gozan de mejor salud), y no que los problemas de los perdedores y excluidos son reforzados y mantenidos por la falta de libertad de ejercer su opción de la vida buena (ESA ES MI TESIS PRINCIPAL). Por ello es que, al no permitir a ciertos grupos sociales, que no comparten los valores elegidos por los ganadores, decidir qué vida es aquella que merece la pena ser vivida, se les coarta la libertad y limita sus posibilidades de acción.

Es decir, de liberales, al parecer sólo en el mercado.

¿Qué es lo que nos queda entonces?

A la calle pues, chicas.

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