El Menosprecio de la Izquierda

El gran motivo detrás de mi alejamiento definitivo del marxismo, y porque no decirlo, de la izquierda en general, tiene bastante poco que ver con el dramón cebolla demócrata y liberal del rechazo a la vía armada al poder. Tampoco se debe, como probablemente les ha sucedido a muchos, a que han encontrado que los planteamientos de Marx, Gramschi, Horkheimer, Adorno, Althusser y tantos otros son limitados como concepciones únicas desde la cuál posicionarse ante (o frente, si se es más combativo) el mundo. Ambas razones, si bien son críticas válidas y recurrentes hacia las formas de comprender la doctrina y herencia intelectual marxista, no se convierten, al menos en mi caso, en un motivo de mirar con recelo o rechazo a cualquier idea fundada en sus principios. Lo que en realidad terminó con mi relación formal con las posturas marxianas (porque, admitámoslo, aún seguimos siendo amantes ocasionales) fue su increíble y omnipresente capacidad de menospreciar la capacidad de los demás de ser felices.

Todo surge a partir del mítico concepto de alienación, una genialidad pensada por el joven Marx en los Manuscritos Económicos y Filosóficos del 1844, pero ignorada por ciertas doctrinas por apelar a una ontología, un ‘estado u orden natural de las cosas’. Situada aquella crítica al margen, la alienación se convirtió en una despiadada observación de la naturaleza de la relación entre hombre y trabajo, relación que el incipiente capitalismo industrial había despojado de toda gratificación y orgullo; la había prostituido y como vil alcahuete le manoseó el sexo antes de arrebatarle las únicas cosas que le daban sentido: ser una fuente inagotable de autoestima y sabiduría, que otorgaba significado a la vida de los hombres, además de generar la preciada plusvalía.

Pero entonces, ¿qué tiene de malo aquél implacable argumento, aquella penetrante observación, fruto sin duda de la creativdad, agudeza e impertinencia de una mente intelectual en plena maduración? No mucho. El problema aparece recién cuando los grupos humanos se apropian de aquellos conceptos, y tal cómo el capitalismo al trabajo, los prostituyen, deshaciéndose de la médula que la hace valiosa como idea intelectual para reducirlas en un eslogan torpemente trazado a la rápida en alguna servilleta de cantina. El concepto de alienación ha pasado de ser una brillante crítica y defensa de una ancestral relación del hombre con la naturaleza, a ser una mera apreciación despectiva de formas ajenas a la propia de concebir el mundo, de racionalizar los problemas, de erguirse ante la duda y hacer frente a lo adverso.

Es la hipocresía implícita de esta apreciación lo que termina por irritar. No es su antipluralismo, ni porque es incapaz de mostrar la más leve tolerancia, aunque sea por cortesía, frente a otras ideas que compartan su campo explicativo, ni porque menosprecie la inteligencia ajena. El uso que la izquierda contemporánea le ha asignado a la palabra ‘alienado’ es, en el fondo, para señalar que el estado actual de una persona, ya sea en una o varias de las múltiples dimensiones de la vida, no está como debiese estar. Nada de malo en lo anterior, dirán. Después de todo muchas de nuestras disciplinas científicas y técnicas hacen de este postulado su filosofía: la psicología, la sociología, el diseño de políticas públicas, etc. Lo reprochable es que aquél ‘debiese estar’ está definido únicamente en base a la concordancia con los postulados del observador, y sólo con aquellos postulados, que no pasan por el religioso escrutinio de la razón ni se someten el duro juicio de la comprobación empírica.

No molesta que se haga explícita la falta de inteligencia, sobre todo con los resultados de aquella carencia en mano, sino que causa escozor el momento en que se termine menoscabando la capacidad que tiene el otro de elegir por sí mismo su camino a la felicidad. Después de todo, aún no ha llegado a mis manos un estudio que muestre una correspondencia directamente proporcional entre la inteligencia y la felicidad. El otro carece de los elementos para ser pleno, completo: su entender es parcial, lisiado, limitado; peor aún, no está tan acabado como yo que hago el juicio, que soy capaz de ver que la felicidad o plenitud está por otro camino, mi camino, el camino de los nuestros, nosotros los no-alienados.

Esta soberbia, que escapa de y no obedece a un razonamiento lógico sino a un juicio ideológico, termino por convertirse en una despreciable e hipócrita etiqueta que niega, en nombre de una supuesta revelación divina aún no presenciada, la posibilidad de la pluralidad en los caminos de búsqueda hacia la felicidad. Hipócrita porque su intención es liberadora, pero sólo es liberadora si se sigue el rígido y estructurado camino ya pauteado de antemano por ella misma.

Por ello es que, al menos hoy en día, decir alienado es equivalente a menospreciar la capacidad del otro de ser feliz por vías distintas a las propias. Y es aquella soberbia que escapa al uso de la razón, porque hacerlo significaría hacerse cargo de su propia hipocresía, la que inicia un escpeticismo que corre el camino de la duda hasta arribar en el desencanto y el hostigamiento.

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